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My bloody Valentine, por D. Winchester

Ningún mar en calma hizo experto marinero
y mis cicatrices son de geografías varias.
En el viaje compañero y en la vida con pasión,
el eco es anterior a la voz que pronunciamos.
Cuanto más participamos, más nos precipitamos.

Enrique Bunbury – Prisioneros

Danzaban. Bailaban agarrados de la mano. Sin apariencia, sin rostro. Las facciones inexistentes frenaban el paso a las miradas y las sonrisas. La ausencia de atuendo no era algo importante. No veían, no oían, no olían. Aunque carecían de boca, hablaban. Aunque carecían de extremidades, se hacían sentir. El son de la melodía los llevaba por todos los recovecos del lugar. Un espacio que se antojaba pequeño para sus pasos. Oscuridad, sombras, tinieblas. No había luz. Para qué, si no veían. No había música, pero sí ritmo. Entrelazados, giraban sin cesar. Chocaban sus cuerpos produciendo sonidos imposibles. Rozaban las paredes dejando huellas. Huellas de dolor.

If you don’t know if you should stay.
If you don’t say what’s on your mind,
Baby, just breathe.

Bon Jovi – (You want to) Make a memory

Estaba tumbada sobre una cama que se le antojaba vacía. Estiró sus brazos y notó su ausencia. Su olor permanecía presente, no así su calor. Escuchaba la música. No, mentía, no era música. Oía los zumbidos, los golpes. Notaba cada roce. El ritmo inundaba su habitación. Era paradójico ver el aparato de música  desenchufado de la corriente. Era paradójico ver cómo la pared blanca de la habitación podía adquirir el tono más oscuro jamás vislumbrado. Las lágrimas corrían por su mejilla, mojando la almohada. Se irguió en su lecho. Su lecho de muerte.

Forgetting you
but not the time.

Green Day – Whatsername

Seguían bailando, seguía en la cama. Continuaban danzando, continuaba abstraída. Basta. Ella se levantó de la cama. Notó cómo cada pensamiento se desprendía de su cabeza. Sintió como todos chocaron contra los límites de sus recovecos más ocultos. Dejaron de moverse, asustados. Hablaban sin cesar, hasta que la autoridad se adueñó del lúgubre espacio. Ella sonrió. Cada idea, cada puta idea, le había llevado a eso. Pero sabía imponer el orden. Era una fanática de ello. No iba a rendirse tan fácilmente. Su lecho de muerte pasó a ser su cama de siempre, llena de calor. Se levantó y se encaminó hacia la cocina. Una vez allí, metió la cabeza en la basura.

Cada puto pensamiento no volvería a joderle la vida nunca más. Ella marcaba el ritmo.

Atte. Mi álter ego

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