Blogs·Sin categoría

Un tren sin destino pero con sino

Lo único que este relato tiene en común con La chica del tren es… el tren.

Se sentó como cada fría mañana en el banco de la estación. Los habituales curiosos sabían que ése era su lugar. Reservado. Nadie la molestaba. El sonido de sus cascos apagaban el ruido de la megafonía. Sostenía un libro en una mano mientras en la otra sujetaba un termo lleno de leche caliente. No esperaba ningún tren. Levantó la vista escasos segundos y alcanzó a sentir cómo uno de los vehículos se ponía en funcionamiento con previsión de salir en los próximos minutos. Sus ojos pararon en el letrero luminoso colocado delante de la vía 6. La pantalla en negro hacía que la meta del trayecto no estuviera clara. Se levantó lentamente y comenzó a caminar. Burló las pequeñas puertas y se coló entre los andenes. Pulsó el botón del primer vagón y, cuando las puertas se abrieron ante ella, subió tres escaleras. Inmediatamente, buscó su rincón. Solía viajar mucho en tren cuando estaba con él. Cuándo se fue, ella continuó viajando de vez en cuando, siempre que podía permitírselo. Echaba de menos su mano, su punto de fuerza, su guía. Extrañaba su olor corporal, su desodorante y su colonia favorita marcando su sendero.

Logró llegar a la mesa. Su mesa. Bajó la tabla y colocó sobre ella el libro y el termo de leche. Notaba el traqueteo bajo sus pies. De repente, algo le rozó el hombro y ella echó los cascos sobre sus hombros.

– Perdona.

– Tranquilo.

– Siento haber interrumpido la canción – le dijo.

– No importa – sí importaba, en cierta medida. Su música era su vida. – Las canciones no se escapan.

– Espero que tú tampoco.

– ¿Qué…? – la puesta en marcha del tren sorprendió a Sara, que dejó la frase en el aire. Quizás había escuchado mal. – Perdona, ¿me dejas salir un momento? Necesito ir al baño.

El hombre se levantó del asiento contiguo y se apartó para dejar paso a la joven. Bajo su brazo llevaba sus pertenencias. Aunque su ausencia iba a ser pequeña, nunca se despegaba de sus objetos personales. Caminó por el pasillo agarrándose a cada resquicio por miedo a caer con el vaivén del trayecto. Cuando palpó la puerta del baño, entró. Estaba nerviosa. Juraría que en el vagón no viajaba nadie además de ese hombre que se sentó a su lado. Se quitó las gafas y lavó su rostro con agua fría. En el suelo descansaban sus cosas. De repente, notó un golpe en la puerta y una respiración sobre su nuca.

– ¿Por qué te has ido? – era la misma voz que le había hablado instantes antes.

– Soy como una canción, pero siempre vuelvo. Solo necesitaba un momento.

Estaba tensa, nerviosa, atacada. Se había olvidado de uno de los detalles a los que solía dar prioridad: poner el pestillo en lugares públicos. Ante la amenaza, trató de mostrarse impasible y comenzó a reir.

– ¿Me he perdido algo? – preguntó curioso.

– Quizás tú no, pero yo la vida.

El revisor se quedó pensativo ante la puerta del baño. Debajo de ella fluía un líquido blanco. Parecía leche, aunque algo la estaba tornando en un color rosado. Llamó a la puerta del aseo. No obtuvo respuesta. Para su sorpresa, la puerta podía abrirse sin necesidad de forzarla. Sentada en el suelo, apoyada a la pared, una joven ciega yacía muerta. Entre sus manos, su libro favorito. No necesitaba leerlo, se lo sabía de memoria. No precisaba leerlo, tan solo olerlo. Su ceguera le había impedido ver el rostro del asesino más buscado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s