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Retazos del juicio final

Notaba cómo su corazón latía a un ritmo demasiado débil. Tocó, lentamente y con gran esfuerzo, las venas de sus brazos, esas que tanto se le notaban gracias a las horas de gimnasio. No advirtió ninguna, hecho que le preocupó. Intentó mover los dedos de los pies, sin éxito. Una extraña sensación se adueñó de su cuerpo. Trató de abrir los ojos, pero le resultó imposible. Notaba el frío y la humedad que descendían por las paredes. Ninguna manta cubría su cuerpo o, al menos, no la sentía.

Intentó recordar. Vio a su mujer y a su hijo de cuatro años paseando bajo el manto estrellado de la ciudad. Recordó su posición, justo delante de ellos, agachado en el suelo y esperando con una enorme sonrisa a que su pequeño corriera hacia él. De repente, una mano protegida con un extraño guante de cuero negro cogió a su esposa del cuello y la introdujo de forma violenta en el edificio. El niño, asustado por la huida de su madre, comenzó su carrera hacia ella. Jack recordaba que su hijo había ignorado sus gritos mientras se levantaba rápidamente del suelo. Cuando llegó a la altura de la puerta, ésta se encontraba cerrada. Trató de ver a través del cristal esmerilado,sin éxito. Sus golpes y súplicas retumbaban en toda la calle, lo que hizo que algunos vecinos se asomaran a sus ventanas. Lo siguiente que recuerda es encontrarse tendido en una furgoneta, con un gran charco de sangre a su alrededor y un dolor insoportable en su cabeza. Entre recoveco y recoveco de su memoria, trataba de buscar y de unir todas las piezas que le otorgaran el mural completo de lo acontecido.

Un extraño ruido le hizo volver a la realidad. El singular sonido de unas cadenas colgantes golpeando contra una de las paredes de la habitación en la que se encontraba. ¿Dónde estaban su mujer y su hijo? ¿Qué le había sucedido a él?

Un haz de luz inundó de forma repentina la cara de Jack. Una linterna apuntaba hacia él, pero seguía sin ser capaz de abrir sus ojos.

—Sé que puedes oírme —susurró una grave voz enfrente a él—. ¿Por qué no hablas y dejas de hacerlo todo tan difícil?

—¿Dónde…? —articuló desde la cama.

—Te preguntas dónde estás, ¿verdad? —dijo, riendo— ¡Vamos, Jack! Abre los ojos y te lo enseñaré todo.

Le había llamado por su nombre, así que le debía de conocer. Sin embargo, el herido no sabía a quién pertenecía ese tono. Forzó su rostro. Abrió y cerró varias veces la boca. Trató de levantar los brazos para separar los párpados el mismo. Cada tarea era una ardua batalla digna de ser contada por los mejores historiadores. El extraño hombre seguía alumbrándolo. Semejaba no tener prisa. Por fin, tras once interminables minutos, Jack abrió los ojos. El fulgor limitaba su campo visual, dejando perceptible solo la figura de un hombre muy corpulento.

—Vaya, vaya… ¡Por fin! Te di por muerto en varias ocasiones —explicó la voz.

—¿Dónde… están…m…?

—¡Oh, no, no, no! No hagas esfuerzos, es contraproducente —le interrumpió—. ¿Quieres saber dónde está tu pequeña familia, ¿no es así? ¿No deseas conocer primero tu historia?

—¿Qué hago aquí? —preguntó, confuso y cegado, Jack. Su corazón parecía estar cobrando una actividad frenética. Su respiración comenzó a agitarse. ¿Era odio lo que sentía?

—¡Eso es! ¡Buena pregunta! -exclamó, llena de entusiasmo, la silueta — Verás, Jack. ¿Recuerdas el accidente de tráfico que sufriste hace unos meses? Fue todo un alivio que salieras ileso, de verdad que sí.

—¿A dónde quieres lleg…?

— ¿¡A dónde quiero llegar!? ¿¡A dónde quiero llegar!? ¡No me jodas! —los gritos eran tan fuertes que generaban aún más dolor en el padre de familia — Me preguntas a mí a dónde quiero llegar. ¿A dónde querías tú llegar aquel día, Jack? ¡Dime!

—¿Quién eres?

—¿Quién soy…? —preguntó a su vez aquel individuo, masticando sus respuestas—. Vamos a hacer esto bien, amigo. Voy a descorrer esas cortinas y a subir la persiana. Hace un espléndido día y no deberías perdértelo. El sol responderá a tus preguntas. Pero, antes, juguemos. Si quieres que esto salga bien, debes mantener los ojos cerrados hasta que yo abandone la habitación. ¿Lo harás, Jack?

Sopesó la situación. No le quedaba ninguna otra posibilidad, ya que se encontraba prácticamente paralizado, y no solo por el miedo. Si quería respuestas, tendría que acatar órdenes. Asintió. Cuando el varón recibió la contestación, apagó su linterna. La habitación se tiñó de penumbra, sin un sólo resquicio de color. Escuchó los pasos de aquel extraño acercándose a la ventana y cómo, posteriormente, hacía lo que le había explicado. Jack cerró los ojos. No quería más problemas.

—Me voy, amigo —se despidió—. No olvides mirar a tu alrededor cuando yo cierre la puerta. Si quieres respuestas, no lo olvides.

El hombre, desesperado, contó los segundos. Las últimas palabras de aquel ser aún retumbaban en su cabeza. Sus pisadas parecían no alejarse nunca. Finalmente, pudo notar una llave en la cerradura. Estaba encerrado. Con miedo, separó lentamente los párpados y dirigió su vista hacia la manta que le cubría la parte inferior del cuerpo, aquella que no había percibido. Trató, de nuevo, de mover los dedos de los pies, sin éxito. Asustado, levantó la manta. Su rostro, destrozado. Su semblante, horrorizado. No podía activar ningún miembro porque, simplemente, no existían. Sus piernas habían sido amputadas. El colchón sobre el que estaba, sin sábanas que cubrieran su suciedad, cubierto de sangre. Su sangre.

Aterrorizado, comenzó unos ejercicios de respiración para relajarse. Necesitaba unos minutos para aceptar su mutilación. No, necesitaba toda una vida. Nervioso, decidió armarse de valor y reconocer el espacio en el que se encontraba retenido. Varias cadenas bajaban del techo. Cuando llegó al final de las mismas, no puedo soportar lo que vieron sus ojos. La cabeza de su mujer y de su hijo cortadas, balanceándose en el aire. Al lado de éstas, otros tres bultos. Dos cabezas de niñas y otra de una mujer adulta.

De pronto, las piezas aparecieron y pudo formar el puzzle. Aquellas personas habían muerto en el accidente de tráfico en el que Jack se vio involucrado. Le tocaba pagar.

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